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"Bajo este sol tremendo" - Carlos Busqued

Bajo este sol tremendo, un viaje a la nada 

Manuel Allasino para La Tinta

Bajo este sol tremendo es la primera novela de Carlos Busqued, publicada en 2009.  Está ambientada en un pueblo ficcional llamado “Lapachito”, una de esas poblaciones abandonadas donde lo único que prevalece es la crueldad y un calor asfixiante. En 2017 Adrián Caetano la llevó a la pantalla grande a través de una adaptación: El otro hermano.

El punto iniciático de esta historia nos sitúa ante un hombre, Cetarti, que debe acudir a un pueblo recóndito de Argentina para hacerse cargo de los cadáveres de su madre y su hermano. Este hombre está hundido en la nada. Sin trabajo ni horizonte, pasa sus días encerrado viendo televisión y fumando porros. Una tarde cualquiera recibe la llamada de un desconocido que le informa de que su madre y su hermano han sido asesinados. Cetarti tiene que viajar a “Lapachito”, un pueblo destruido, para hacerse cargo de los cadáveres.  En ese paisaje de casas hundidas en el barro, de animales venenosos y de un calor agobiante, conoce al suboficial retirado Duarte, antiguo militar, albacea y amigo del asesino de su madre y hermano.

“Caminaron por un pasillo hasta llegar a una oficina donde un hombre de uniforme leía el diario en internet, con un ventilador de escritorio apuntándole directamente. Duarte los presentó, el policía se llamaba oficial Cardozo, a cargo de la investigación. Cardozo los invitó a sentarse, acomodó el ventilador para repartir más equitativamente el flujo de viento y le relató más o menos lo mismo que Duarte la tarde anterior, sólo que sin escatimar detalles escabrosos. Daniel Molina, <<suboficial retirado de la fuerza aérea y representado aquí por el señor Duarte>>, el mediodía anterior había matado a su concubina y a un hijo de ésta. Es decir, la madre y el hermano de Cetarti. Los había matado con una escopeta de repetición, les había disparado en el pecho. Después se había sacado la dentadura postiza y se había disparado en la cabeza, apoyando el cañón contra la barbilla. –Están las fotos de la escena, si quiere verlas –dijo Cardozo alcanzándole una carpeta. Era una veintena de fotos que Cetarti pasó rápidamente. La cabeza del tal Molina era un desastre (vista al revés parecía una bolsa desenfocada), pero las caras de su madre y su hermano estaban intactas y los dos con el mismo gesto de estar mirando fijamente algo no demasiado entretenido. Se asombró de los viejos que parecían, su hermano especialmente, si recordaba bien tenía cuarenta y tres años, y parecía de sesenta. Pasó sólo una vez las fotos y las volvió a dejar sobre la mesa. –Está claro que el señor Molina ejecutó a la señora y su hijo –retomó Cardozo- y que después atentó contra sí mismo. Lo que no sabemos es cuál fue el detonante de la situación. No sé si usted podría ayudarme con eso. –No sabría decirle. –Espere un momentito que le vamos a tomar la declaración, directamente… -El oficial minimizó el diario en la computadora, abrió el procesador de textos, tomó los datos de Cetarti y le pidió que repitiera lo que había dicho. Cetarti lo hizo dócilmente”.

Cetarti desde su llegada a “Lapachito” entra en un derrotero sin fin que incluye sumergirse en cuestiones ilegales para cobrar un seguro a medias con Duarte, la mudanza a la casa de su hermano muerto, y viajes a la nada; atravesando las rutas peligrosísimas de la provincia. Bajo este sol tremendo es también la historia de Danielito, auxiliar de Duarte, un inocente hijo del maltrato y la violencia, hermanado a su vez con Cetarti en la incertidumbre y la deriva.

La novela nos ofrece magníficos diálogos, aventuras descabelladas, metáforas y algún que otro guiño de humor muy bien dosificado.

“A las dos y media Cetarti ya estaba al volante del auto, con las cenizas de su madre y su hermano en baúl, en sendas cajas de madera contrachapada. Recorrió morosamente las calles embarradas del pueblo, sin buscar nada específico pero sin decidirse a salir a la ruta. Sentía su cabeza varias veces más grande de lo normal y tenía mucho calor. Le costó parar a cargar nafta. El viaje que tenía por delante no le parecía tanto porque implicaba una posición relativamente estática, con movimientos muy acotados para apretar pedales, mover el volante, a lo sumo cambiar el dial de la radio. Pero bajarse del auto, hablar, hacerse entender, pagar, etcétera, le parecía una tarea irrealizable que se descomponía en una serie casi infinita de tensiones musculares, pequeñas decisiones posicionales, operaciones mentales de selección de palabras y análisis de respuestas que lo agotaba de antemano. Paró en una estación de servicio sobre la ruta, a la salida del pueblo. Tuvo que esperar un par de minutos mientras el playero se acercaba desde una gomería, cruzando la ruta. Usaba botas de goma. Cetarti pensó con repulsión en el olor a pies que debía macerar en esas botas. Mientras se llenaba el tanque, le llamó la atención una piedra que se movía sobre el fino colchón de barro, a unos diez metros. Caminó hasta ella: no era una piedra, era un escarabajo pardo del tamaño de una mandarina grande, con un cuerno parecido al de un rinoceronte en miniatura. En el extraño día y medio que le había tocado pasar en ese lugar, era la primera cosa que le parecía dotaba de realidad. Estiró la mano para levantarlo y verlo más de cerca. –Es venenoso, señor, no lo toque –dijo el playero, y aplastó al insecto de un pisotón. Se limpió los restos de la suela arrastrando el pie contra el piso. –No hay escarabajos venenosos –protestó Cetarti. –Pregúntele al hombre de la gomería. Lo mordió uno más chico que éste y le tuvieron que amputar dos dedos, se le pusieron negros en cuestión de horas. Para cuando fue al hospital ya no había nada que hacer. Y sabe lo que son dos dedos para un gomero… -Me imagino. Primera vez que escucho. –Uh, son una plaga ahora estos cascarudos, están por todos lados, no sé de dónde salen. Menos mal que son tan grandes, son fáciles de ver y se mueven lento. –Capaz que bajan del norte. –Capaz que son brasileros. Pagó y subió al auto. Prendió la radio. Subió el auto a la ruta y durante cuarenta minutos se estuvo informando sobre el precio de los cereales y oleaginosas, créditos de emergencia para el agro y problemas veterinarios. Después cambió a Radio Nacional, que pasaba música clásica. Se empezó a sentir mejor. Los músculos se relajaron un poco y la cara le dejó de arder. A medida que se ponía oscura la tarde, el paisaje visual se iba reduciendo al doble cono alumbrado por los faros del auto, es decir la continua sucesión de rayas blancas, y cada tanto algún animal silvestre que cruzaba la ruta. La música suave era acompañada por la letanía arrítmica de las pequeñas explosiones de los insectos contra el parabrisas. Cetarti analizó esas décimas de segundo que transcurrían entre que el insecto entraba en el cono de luz y reventaba contra el vidrio. Notó que la trayectoria de aproximación de los insectos quedaba marcada en el aire, una curva irregular de luz difusa”.

En Bajo este sol tremendo, los documentales de Discovery Channel se transforman en un leitmotiv de toda la historia. Los personajes pasan mucho tiempo mirando programas sobre animales, pero también tienen algo de estos. Omnipresentes no solo en la televisión, sino también en revistas, en pósteres o en la convivencia diaria. Tanto Danielito, como Duarte o el propio Cetarti, son personajes outsiders y borders, y carecen de conciencia moral. A su vez, ninguno muestra demasiado apego por la vida de los otros, ni manifiesta dolor por el sufrimiento ajeno.

“Una mañana que estaba desarmando una de las estanterías que había vaciado, escuchó un corto ruido a ¿cascos? , ¿pezuñas? y después un golpe tremendo contra la pared de la entrada a la casa. Se sintió otro golpe, había personas gritando. Se quedó paralizado, lo único que se le ocurrió es que venía a buscarlo la policía, pero después escuchó mugidos. Otro golpe tremendo y algo de ruido de mampostería cayendo. Se levantó de un salto y espió por los agujeritos de las persianas. Un enorme cebú estaba batallando en su vereda con varios hombres de overol celeste que trataban de enlazarlo. Ninguno era policía. El cebú, acorralado en la pelea, había golpeado contra el frente de la casa, tumbando uno de los pilares y desempotrando uno de los tramos de murito. Cada vez que retrocedía resbalaba contra la pequeña demolición. Lo hizo varias veces hasta que lograron manearle las patas de adelante y lo tumbaron al piso. Un hombre trató de atarle las patas traseras, pero el animal, que pateaba desesperadamente, lo alcanzó en un brazo, se escuchó claramente el ruido del hueso al romperse. El hombre gritó, se agarró el brazo y al contraerse por el dolor recibió una coz en pleno rostro. Cayó como una bolsa de papas en el medio de la calle y no volvió a gritar. El animal logró zafarse de las maneas y salió de cuadro a toda velocidad. Dos hombres quedaron junto al tendido y los otros salieron corriendo atrás del cebú. Se acercaron algunos vecinos, un viejo en pijama corto y chinelas fue a la casa para llamar a una ambulancia. Cetarti abrió la puerta y salió a ver. Los vecinos lo miraron con curiosidad y disimulo, o eso le pareció. Se escuchó una frenada en la otra esquina, a un centenar de metros, y de nuevo un golpe y mugidos.  Una camioneta de reparto había atropellado al cebú. Cetarti se movió hasta el lugar de la colisión. El animal había ido a parar a una vereda y estaba vivo, pero gravemente herido. Trataba de pararse y los cuartos traseros no le respondían. Se removía inútilmente, soltaba espuma por la boca, mugía, aunque más despacio. Parados al lado estaban dos personas, aparentemente los que estaban en la camioneta (un reparto de soda), y tres hombres de overol. Se acercó otra gente, y al principio nadie hizo mucho más que mirar sin decir nada. –Se quebró la columna –dijo de repente un viejo. Era el mismo viejo de pijama y chinelas que había llamado por teléfono a la ambulancia. Tengo una escopeta en mi casa. Si me dejan, termino con el sufrimiento de este animal. Uno de los empleados del frigorífico tenía un Handy en la mano. Consultó con alguien y recibió una respuesta ininteligible. –No. Ahora lo llevamos al frigorífico y lo matan allá, gracias. Minutos después llegó un camioncito del frigorífico, y cargaron al animal entre insultos, sin ahorrarle ningún sufrimiento. Mientras lo acomodaban para poder cerrar la portezuela de la caja, Cetarti miró la cara del toro, que resoplaba como un motor viejo. Se vio a sí mismo en el reflejo convexo del ojo del animal.  Ya no había furia. Uno de los de la camioneta se miraba las manos. –Estoy empezando a temblar, me está bajando el susto del choque. Las manos, era cierto, temblaban. El tipo las mostró sonriendo. La gente del frigorífico subió al camioncito. Los de la camioneta volvieron a su vehículo, chequearon los daños (mínimos) y probaron si arrancaba. El que temblaba subió de lado del acompañante. La camioneta arrancó perfectamente y los tipos se fueron saludando”.

Bajo este sol tremedo, la primera novela de Carlos Busqued, es opaca, perversa y por momentos brutal como sus personajes. El crimen, la culpa, el vacío existencial y la historia reciente del país asoman en la trama pero sin discursos éticos ni políticos.

La tinta - Periodismo hasta mancharse

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