Alberto, tengo miedo, sabés. hice una de esas cosas que a los viejos les parece mala; pero vos sos mi amigo y te lo puedo contar. Fue el otro día, cuando estábamos sentados con el Beto y el hijo de la turca en el paredón de la vuelta. Vos ya te habías ido. Entonces pasó uno de esos chicos del barrio nuevo que está del otro lado del puente, el rubio, sí, ése que vive en la casa como de diez pisos. Sabés, iba bien vestido. Esa corbata limpia, tan diferente a la mía de ir al colegio, que ya ni se sabe el color, o si es una corbata o qué. O quién sabe no fue la corbata o qué. O quién sabe no fue la corbata, sino el traje azul, igualito al que vi en el centro cuando me llevó mi primo. Rabia, eso es lo que sentí. Mirá, Alberto, yo no soy envidioso; qué me importa a mí la corbata y el traje y que uno a veces no tenga ni para comer, ni todo eso, porque hay que darle a los más chicos. Qué me importa si tiene la cabeza que parece pasto. Mirá, como si a los tres se nos hubiera ocurrido lo mismo, nos levantamos y empezamos a caminar despacio, atrás de él. Y él se daba vuelta y nosotros siempre atrás. Hasta que al llegar al cruce, de golpe se quedó parado, como esperándonos. Y nosotros tres también nos quedamos parados: eso fue lo peor. O quién sabe fue porque me pareció que no tenía miedo, o que se reía. Entonces empecé a correrlo como loco y lo alcancé justo en la bajada, y, rodando, caímos al lado de la vía y me le senté encima hasta que llegaron los otros. "¿Qué le hacemos?", preguntó el Beto. "Lo desnudamos y lo tiramos a la zanja", dijo el turco. Y el rubio no hablaba, colorado de hacer fuerza abajo mío. Y yo dije: "No, lo mejor es un, un... "¿cómo se llama eso?; un tribunal, sí.
El Beto y yo nos sentamos en el suelo, y lo pusimos parado delante de nosotros, agarrado por el hijo de la turca. "Que hable -dije-. A ver, hablá".
Entonces empezó todo, y yo no quería hacerle nada, pero ¿sabés lo que contestó el guacho ése? ¿Sabés lo que dijo: "Qué querés que hable con vos -dijo_; sos un negro de mierda igual que éstos."
Y entonces, te lo juro, no sé lo que me dio, pero salté sobre él y le empecé a dar trompadas y patadas, porque yo doy nlsnvo, ¿sabés?, un poco morocho pero blanco, y él lo había dicho con ese asco que una vez le sentí al oficial en la comisaría, cuando fuimos a buscarlo con mamá al viejo: "A estos negros hay que darles leña para que aprendan". Por eso, o por el traje azul, o porque le vi esa cara como recién lavada, y quise arrancársela, o a lo mejor no era la cara, y empecé a tirar, mientras él me rasguñaba los brazos, y tiré, y ya no importaban ni el traje azul ni la corbata nueva, ¿sabés?, pero él me había dicho negro, y seguí tirando hasta que la frente se le llenó de sangre y me quedé llorando, solo, con un mechón de pelo rubio entre los dedos.
Revista El Grillo de Papel número 4, Junio-Julio de 1960
Comentarios
Publicar un comentario